Muy a mi pesar, cierro los ojos, algo secos ya, y figuras rojizas iluminan el interior de mis párpados. Parecen sombras en la oscuridad, sombras rojas sobre una cálida oscuridad rosácea. Si los cierro con fuerza, las sombras brillan por unos instantes para después, muy lentamente, desvanecerse. Mantengo los párpados apretados durante largo tiempo hasta que empiezan a dolerme y es entonces, cuando mi cuerpo se relaja entero de nuevo, me doy cuenta de algo maravilloso.
Música, suena música. Esa es la palabra que surge en mi cabeza cuando ese hermoso sonido acude a mis oídos. Oigo el susurro de la brisa silbando entre las hojas, sobre la hierba, arrastrando suaves y dulces melodías consigo. Mis labios se mueven sin que yo se lo ordene y responden a la canción con otra, más rudimentaria, sin la belleza elemental de la primera. Pero no me importa, me siento feliz, viva. Oh, viva, sí, viva. Que agradable sensación.
Sigo cantando con el viento, cada vez más y más fuerte hasta que solo se oye mi canción. Mi voz se eleva y lo llena todo... Lo silencia todo. Nadie me responde. Debería parar, dejar hablar al viento, pero mi voz es muy orgullosa y no quiere ser silenciada. Pregunta si hay alguien que quiera unirse a su concierto o si, en su defecto, hay alguien capaz de desafiarla. Alcanza notas imposibles, adopta formas y colores que no debería poseer. Se los ha robado al viento y está ávida de nuevos matices.
Sobre mi arrogante voz se alza un sonido hermoso que la silencia de un plumazo y que cautiva cada fibra de mi ser. Es una voz cantarina, plateada, cuyo origen no soy capaz de hallar. La escucho en el más absoluto silencio y me levanto del suelo para poder ver mejor a mi alrededor. Solo veo árboles; verde y más verde en todas partes. Un bosque esmeralda se abre ante mí.
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