miércoles, 1 de febrero de 2012

Sueño. El Bosque

Luz dorada atraviesa el verde de las hojas movidas por una brisa suave y calienta mi piel. Me gusta sentir su roce, sus caricias. La luz es buena, es ligera como un pensamiento, no me agobia ni me oprime. Incluso cuando me da en los ojos y me ciega por unos instantes, me siento cautivada por su belleza.
Muy a mi pesar, cierro los ojos, algo secos ya, y figuras rojizas iluminan el interior de mis párpados. Parecen sombras en la oscuridad, sombras rojas sobre una cálida oscuridad rosácea. Si los cierro con fuerza, las sombras brillan por unos instantes para después, muy lentamente, desvanecerse. Mantengo los párpados apretados durante largo tiempo hasta que empiezan a dolerme y es entonces, cuando mi cuerpo se relaja entero de nuevo, me doy cuenta de algo maravilloso.

Música, suena música. Esa es la palabra que surge en mi cabeza cuando ese hermoso sonido acude a mis oídos. Oigo el susurro de la brisa silbando entre las hojas, sobre la hierba, arrastrando suaves y dulces melodías consigo. Mis labios se mueven sin que yo se lo ordene y responden a la canción con otra, más rudimentaria, sin la belleza elemental de la primera. Pero no me importa, me siento feliz, viva. Oh, viva, sí, viva. Que agradable sensación.

Sigo cantando con el viento, cada vez más y más fuerte hasta que solo se oye mi canción. Mi voz se eleva y lo llena todo... Lo silencia todo. Nadie me responde. Debería parar, dejar hablar al viento, pero mi voz es muy orgullosa y no quiere ser silenciada. Pregunta si hay alguien que quiera unirse a su concierto o si, en su defecto, hay alguien capaz de desafiarla. Alcanza notas imposibles, adopta formas y colores que no debería poseer. Se los ha robado al viento y está ávida de nuevos matices.

Sobre mi arrogante voz se alza un sonido hermoso que la silencia de un plumazo y que cautiva cada fibra de mi ser. Es una voz cantarina, plateada, cuyo origen no soy capaz de hallar. La escucho en el más absoluto silencio y me levanto del suelo para poder ver mejor a mi alrededor. Solo veo árboles; verde y más verde en todas partes. Un bosque esmeralda se abre ante mí.


martes, 31 de enero de 2012

Sueño. Mirada de luz.

Estoy flotando. Floto en una nube de semiconsciencia, dulce y reconfortante embotamiento de mis sentidos. Todo es confusión, pero no hay miedo, no hay nada. Solo esta bendita calma, esta venda que cubre mis ojos.
De pronto, en mi nube, tomo conciencia de mis extremidades,de mi cuerpo. Lo siento, perfecto y duro contra esta realidad casi tangible. Me repugna, pero esta vez nlo acepto con resignación, no corro, no vale la pena. Esta calidez que me envuelve me embriaga de una agradable sensación. No puedo describirla, no había sentido nada parecido en toda mi vida. Suspiro y dejo escapar todo el aire de mi interior, lentamente, disfrutando de esta sensación de vacío. Tardo mucho, o eso parece, no hay nada que me indique el tiempo transcurrido. No sé si queda algo de aire, no sé si me he deshinchado del todo.
Creo que algo va mal.
Trato de recuperar el aire perdido y entonces me doy cuenta de que no hay nada que recuperar. No puedo respirar. ¡NO PUEDO RESPIRAR! Abro y cierro la boca, buscando aferrarme a la vida ue creo que se me escapa. Algo presiona mi pecho, es horrible. De pronto siento un dolor atroz que recorre mi cuerpo, recorre cada rincón de mi cabeza. Quiero que pare. ¿POR QUÉ NO PARA?
Mis ojos arden, mi boca se llena de algo espeso y frío. Imágenes golpean con fuerza mi retina, tres pares de ojos me observan impasibles, ojos hermosamente imperfectos. Me encantaría hacerlos míos, eso es, me encantaría tenerlos. Ójala fuera yo quien me observara. Alzo mi mano y trato de tocarlos, pero algo me bloquea. Golpeo y golpeo con fuerza. Esos ojos se agrandan y bailan por la sala, aterrados. Un par de ellos se acerca. Son oscuros, brillantes y me susurran imágenes cálidas, sugerentes. Cuando me decido a hacerlos míos, la inconsciencia vuele, me secuestra.

Esta vez no hay placer, no hay vacío. Solo esos ojos torturándome. Esos ojos que nunca volveré a ver.
Cuando la niebla se desvanece, veo el cielo entre las copas de los árboles.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Sueño.

Silencio.
La muda brisa mece mis cabellos al son del silencio más absoluto. Una canción sin palabras invade el blanco vacío del cual soy presa.
No existe nada a mi alrededor. Ni yo misma creo ser real.
Mis manos,

(manos aferrándose a la vida, vida que se me escapa como se escapa el aire de mis pulmones, mis pulmones arden...)


pequeñas y grandes a la vez, carecen de una forma fija. Es más, ¿cómo sé que estas cosas que bailan ante mí son en verdad manos? Jamás he visto otro par de manos en mi vida.

Aparto la vista de ellas, pero me fascina lo vivas que parecen y vuelvo a clavar en ellas mi mirada. Son hermosas, son... son... ¿únicas? No, no son únicas. Cada una es el reflejo de la otra. Eso me desilusiona. Ahora odio mis manos, las aborrezco. Huyo de ellas, desesperada pues no dejan de perseguirme. Mis manos, horriblemente simétricas, estan pegadas a mí.

Me cubro el rostro con ellas, pese al asco que me provocan, y dejo que se empapen de lágrimas saladas.

Siento frío, por primera vez en mi vida, siento frío.

Dejo caer mis brazos a los lados y miro a mi alrededor.

Mi mundo blanco sigue ahí pero es diferente. Un extraño velo lo cubre todo.


(Niebla, eso que ves es niebla)


La niebla me envuelve en su frío abrazo. Cierra mis ojos, mi boca y seca mis lágrimas. De pronto, no siento mis manos. Mis odiadas manos se han quedado dormidas.