Silencio.
La muda brisa mece mis cabellos al son del silencio más absoluto. Una canción sin palabras invade el blanco vacío del cual soy presa.
No existe nada a mi alrededor. Ni yo misma creo ser real.
Mis manos,
La muda brisa mece mis cabellos al son del silencio más absoluto. Una canción sin palabras invade el blanco vacío del cual soy presa.
No existe nada a mi alrededor. Ni yo misma creo ser real.
Mis manos,
(manos aferrándose a la vida, vida que se me escapa como se escapa el aire de mis pulmones, mis pulmones arden...)
pequeñas y grandes a la vez, carecen de una forma fija. Es más, ¿cómo sé que estas cosas que bailan ante mí son en verdad manos? Jamás he visto otro par de manos en mi vida.
Aparto la vista de ellas, pero me fascina lo vivas que parecen y vuelvo a clavar en ellas mi mirada. Son hermosas, son... son... ¿únicas? No, no son únicas. Cada una es el reflejo de la otra. Eso me desilusiona. Ahora odio mis manos, las aborrezco. Huyo de ellas, desesperada pues no dejan de perseguirme. Mis manos, horriblemente simétricas, estan pegadas a mí.
Me cubro el rostro con ellas, pese al asco que me provocan, y dejo que se empapen de lágrimas saladas.
Siento frío, por primera vez en mi vida, siento frío.
Dejo caer mis brazos a los lados y miro a mi alrededor.
Mi mundo blanco sigue ahí pero es diferente. Un extraño velo lo cubre todo.
(Niebla, eso que ves es niebla)
La niebla me envuelve en su frío abrazo. Cierra mis ojos, mi boca y seca mis lágrimas. De pronto, no siento mis manos. Mis odiadas manos se han quedado dormidas.